.
.
.
Intento justificar esta desazón de los jóvenes respecto a la política, asimilar que no es gratuito este desinterés por involucrarse en proyectos que verdaderamente intenten hacer algo por este país, por este territorio torturado salvajemente por quienes nos representan. ¿Nos representan? He allí otro gran dilema. ¿Qué es esta especie de muerte a la que nos sometemos cada cinco años en las urnas? Ese lugar común de acudir para apostar por el mal menor. Mi generación, los que nacimos en la década del setenta, hemos sido testigos de un fatídico corzo que no ha hecho más que orillarnos al desencanto, nos hemos convertido en sujetos sumamente desconfiados a cualquier discurso, somos sobrevivientes del fracaso de las dictaduras de Velasco, de Morales Bermúdez, de la democracia de los ochenta que llegó a sus extremos con el primer gobierno de Alan García, sobrevivimos aún a la autocracia primero y posterior dictadura de Alberto Fujimori, al neoliberalismo de Toledo y, ahora, otra vez, somos testigos de cómo la corrupción y la ineptitud carcomen los organismos de nuestro Estado. Razones tenemos para negar y negarnos a cualquier intento de proyecto político. Sin embargo aún somos románticos, y quizá eso es lo único que nos ha salvado de la anarquía y del nihilismo.
.
A fines de la década de los noventa, salimos a las calles a protestar contra Fujimori, logramos articular un frente, una conciencia, un motivo por el cual luchar y no nos detuvimos hasta ver cómo se desplomó el régimen. En ese entonces un inefable Alejandro Toledo se puso al frente de todas estas manifestaciones, era, aparentemente, la única carta que teníamos para poner en el sillón de Pizarro. Después del breve paso de Don Valentín en la casa de gobierno, y con una población aterrorizada aún por el retorno de García al poder, eligió a Toledo; los que salimos a las calles, y que en esa campaña estuvimos si bien apoyando la candidatura de García o de Toledo, no imaginamos la ola de estiércol que sería aquél gobierno, un partido que llegó al poder con firmas falsas, un Presidente con un entorno familiar deplorable, un partido con proxenetas, pedófilos, avasallado por el nepotismo y la frescura, una primera dama (¿?) con un asesor tras las rejas, fue sin duda lo más bochornoso de nuestra historia política reciente, después, claro, de los vladivideos que convirtieron al Congreso en esa especie de sala de proyecciones de lo execrable. Sin embargo, ellos nos gobernaron cinco años, Toledo con sus índices de desaprobación nos gobernó durante cinco años, cuando teníamos todas las razones para volver a las calles y luchar por nuestra dignidad como país, nos detuvimos en el artículo periodístico y dejamos que nos gobernaran durante cinco años.
A fines de la década de los noventa, salimos a las calles a protestar contra Fujimori, logramos articular un frente, una conciencia, un motivo por el cual luchar y no nos detuvimos hasta ver cómo se desplomó el régimen. En ese entonces un inefable Alejandro Toledo se puso al frente de todas estas manifestaciones, era, aparentemente, la única carta que teníamos para poner en el sillón de Pizarro. Después del breve paso de Don Valentín en la casa de gobierno, y con una población aterrorizada aún por el retorno de García al poder, eligió a Toledo; los que salimos a las calles, y que en esa campaña estuvimos si bien apoyando la candidatura de García o de Toledo, no imaginamos la ola de estiércol que sería aquél gobierno, un partido que llegó al poder con firmas falsas, un Presidente con un entorno familiar deplorable, un partido con proxenetas, pedófilos, avasallado por el nepotismo y la frescura, una primera dama (¿?) con un asesor tras las rejas, fue sin duda lo más bochornoso de nuestra historia política reciente, después, claro, de los vladivideos que convirtieron al Congreso en esa especie de sala de proyecciones de lo execrable. Sin embargo, ellos nos gobernaron cinco años, Toledo con sus índices de desaprobación nos gobernó durante cinco años, cuando teníamos todas las razones para volver a las calles y luchar por nuestra dignidad como país, nos detuvimos en el artículo periodístico y dejamos que nos gobernaran durante cinco años.
.
Ahora mismo, con un Alan García, aparentemente maduro en términos políticos, somos testigos de la ineficacia del aparato estatal para combatir la corrupción, de allí que las encuestas pretendan vendernos, para el 2011, una posible patética final entre Ollanta Humala y Keiko Fujimori; el solo imaginarlo es deprimente, contra eso, es preciso que nuestra generación desde sus respectivos frentes no se quede en el comentario de la noticia, no hagamos nuestra la frase “cada pueblo tiene los representantes que merece”, yo estoy convencido que no merecemos esto, no obstante se trata de recuperar el honor de nuestro país con un sentido del deber que da la impresión, fatigados por tantas decepciones, ahora padecemos. Es por la recuperación de ese sentido del deber cívico, por el que debemos luchar para articular una propuesta que no termine por desencantarnos.
Ahora mismo, con un Alan García, aparentemente maduro en términos políticos, somos testigos de la ineficacia del aparato estatal para combatir la corrupción, de allí que las encuestas pretendan vendernos, para el 2011, una posible patética final entre Ollanta Humala y Keiko Fujimori; el solo imaginarlo es deprimente, contra eso, es preciso que nuestra generación desde sus respectivos frentes no se quede en el comentario de la noticia, no hagamos nuestra la frase “cada pueblo tiene los representantes que merece”, yo estoy convencido que no merecemos esto, no obstante se trata de recuperar el honor de nuestro país con un sentido del deber que da la impresión, fatigados por tantas decepciones, ahora padecemos. Es por la recuperación de ese sentido del deber cívico, por el que debemos luchar para articular una propuesta que no termine por desencantarnos.
.
Frente al fracaso de las izquierdas y con una derecha que no ha sido capaz de recoger las demandas de nuestra población, es preciso buscar una fórmula que recoja lo mejor de estas doctrinas, dar un paso por nuestra posmodernidad política, quizá así podamos demostrar que no fuimos un estornudo generacional, que la nuestra no fue una reacción del momento, sino que fuimos capaces de superar los lastres que marcaron nuestra modernidad, una cadena de fracasos que ni las izquierdas, ni la APRA, ni la democracia cristiana pudieron resolver, y que incluso ahora algunos aventureros pretenden resolver desde una visión empresarial de la política, cuando de lo que se trata es de recuperar esa mística por intentar salvar este país, y este país no es un producto en venta, no es un producto a quien hay que convocar postores, y esto no es nacionalismo.
Frente al fracaso de las izquierdas y con una derecha que no ha sido capaz de recoger las demandas de nuestra población, es preciso buscar una fórmula que recoja lo mejor de estas doctrinas, dar un paso por nuestra posmodernidad política, quizá así podamos demostrar que no fuimos un estornudo generacional, que la nuestra no fue una reacción del momento, sino que fuimos capaces de superar los lastres que marcaron nuestra modernidad, una cadena de fracasos que ni las izquierdas, ni la APRA, ni la democracia cristiana pudieron resolver, y que incluso ahora algunos aventureros pretenden resolver desde una visión empresarial de la política, cuando de lo que se trata es de recuperar esa mística por intentar salvar este país, y este país no es un producto en venta, no es un producto a quien hay que convocar postores, y esto no es nacionalismo.
.
Yo estoy convencido que esa generación que tomó las calles a fines del noventa está allí, ella y los hijos del 2000, son los responsables de construir las bases para ese otro país, para ese Perú que no queremos siga siendo este desfile de oportunistas, esta tragedia nacional que espanta incluso a nuestros escritores que, negándose a esta realidad, se han enfrascado en una lucha de egos que le han dado la espalda a este momento. Antes, nuestros intelectuales eran los que determinaban el futuro de la historia, ahora, es preciso que ellos se quiten las bufandas, abandonen el lenguaje decimonónico y piensen y actúen por esto como una tierra posible, sólo el sentimiento y el compromiso hará de nosotros una sociedad que camine al paso de este siglo, ya hemos sido, durante mucho tiempo, un país tercermundista; y, eso, es algo que, definitivamente, no queremos dejar como herencia a nuestros hijos.
.
.